viernes, 16 de mayo de 2008
¿Estamos de acuerdo?
Dijo ya no te quiero y mil pájaros resbalaron por sus labios. Atrapé uno de ellos y lo guardé en la bolsa de mi camisa. Me despedí. Caí la tarde y unos nubarrones por encima de nosotros parecían decirnos (parecían gritarnos porque en esos momentos todo el ruido eran gritos) que iba a llover. Llegué a mi casa, me quité la ropa y, desnudo, me paré frente a la ventana. Ligeras gotas resbalaban por el cristal y en cada una de ellas veía mi propia figura. Ya no te quiero, gritaron desde la bolsa de mi camisa que se encontraba ya, junto a un pantalón, en el suelo. No quise escuchar porque algo dentro de mí (o algo fuera, para el caso es lo mismo), así me lo sugería. Volví a escuchar el grito. Nada. Llegó la noche. Soñé entonces con ella y soñé que era yo una enredadera que se aprisionaba de su cuerpo. Desperté sobresaltado y nuevamente, tras unos minutos con los ojos abiertos, volví a escuchar el grito. Me levanté, tomé mi camisa del suelo y revisé la bolsa. Ahí estaba: un pájaro casi a punto de morir, mientras esa sensación extraña por mi espalda me indicaba que, días más tarde, crecerían alas.
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